Sosteniendo una cerveza helada que desinhibiera mis sentidos por un rato, entre danza y parla, me detuve a observar un grupo de ingenieros novatos en el baile, y no pude evitar cuestionarme sobre la conexión sexual que se tiene al bailar, ¿depende de la música? ¿De la persona con la que compartes la pieza musical? ¿Del lugar de encuentro? ¿Del nivel que demuestre danzando? Esa expresión mortal que lo argumenta, “así como lo mueve en la pista, lo mueve en la cama”, ¿podría refutarse con folladores poderosos en dicho arte que cuentan con dos pies izquierdos? Mi experiencia no ha funcionado en el cotejo de la cuestión, pues hasta ahora no había tenido en cuenta esta perspectiva tanto sinfónica como sexual.
Tal vez sea el hecho de que no soy bailaora nata, y que no practico la danza con frecuencia. Fue sólo después de aquel viaje con colegas a otra parte del país, en donde prácticamente, mis pies me obligaron a seguir el ritmo que destilaba aquel lugar, y así empecé a disfrutar del baile salsero.
Al decir verdad, no recuerdo haber follado con algún diestro de la salsa o sus derivados, y cuando lo hacía, la motivación de fondo siempre fue con una tonada salvaje y hard, al ritmo de Rammstein, Slipknot, Maiden, incluso de System of a down; iniciando con algo suave, por supuesto, para entrar en calor.
El cambio en la escucha musical, debido a la compañía de quienes disfrutan de otros ritmos diferentes a los míos, me está acostumbrando a tolerarlos y por ende, ya no me molestan como antes. De hecho comienzo a disfrutarlos y el baile empieza a formar parte importante de mi repertorio seductor.
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