domingo, 27 de julio de 2014

Estar o no estar cachonda, esa es la cuestión.

Aquí estoy, en el jardín delantero de mi casa, meditando sobre la noche anterior. Noche que debió calmarme el antojo sexual contenido desde nuestra conversa virtual, tornada en un deleite visual y volantezco de la mente erótica, que humedeció la silla en la que me encontraba con la sola lectura de palabras sincronizadas, que lograron accionar cada sentido, conectado a una imaginación realmente gráfica, que permitió palpar cada sensación, quebrando los muros y la distancia que me separaban de la ventana virtual de aquel sujeto.

Estando en su casa -de tipo colonial en excelentes condiciones desde la época, con pisos color vino tinto de estampado en figuras blancas- con la excusa adolescente de 'ver' películas, llegó tan esperada noche. Con el pasar de las horas a toda prisa, yo esperaba que llegase la oscuridad y el día se tornada pornocho.

Sin embargo, volví a casa como un soldado dado de baja en batalla, con la pantaleta seca y más cachonda que nunca. Maldita casa del siglo XIX, que con sus varias habitaciones, tuvimos que estar en la sala principal, sin privacía alguna, cosa que evitó su mano dentro de mi leggins. Por un par de horas, estuve en aquella sala de estar -demasiado conservadora para cualquiera- en la que el personaje evitó (de alguna forma inexplicable) que me abalanzara sobre él y le destrozara el pene. A lo mejor, el sujeto esperaba que fuese yo quien diera ese primer movimiento, pero la estúpida contención de ambos freno una noche de locura. Me hizo sentir como una mina inexperta en el campo sexual y falta de herramientas. Volví a la época absurda de la ignorancia del sexo opuesto y, por una noche, estuve dentro de los boxers de aquella chica virginal de 15 años que había dejado atrás. Puberta, sería el término correcto que abarca tal sensación.

No fue mi noche, aunque creo que para él, logró cubrir una parte de ella, y eso me pone a meditar sobre lo masculino de mi actitud a la hora de follar. Con ello, recuerdo ese capítulo de Sex and the City en donde Bradshaw, garcha con un sujeto que le había roto el corazón en repetidas ocasiones y lo hace sin involucrar sentimientos. Luego de hacerlo, ella se pone su ropa y abandona el apartamento. Tal cual, me he convertido en la Carrie que tanto admiro, y me gusta. Así, evito comprometerme emocionalmente con el ente del cual saco provecho sexual. Sin pensarlo dos veces, me volví promiscua y fría (sentimentalmente hablando) cosa que me gusta aún más.

Afortunadamente, el encuentro para darle la conclusión que se merece al susodicho día, quedo sostenido con una chincha en el tablero de 'por hacer' que llevamos para nuestros futuros desfogues sexuales. Esta vez, iré preparada y a la merde las intermisiones, se va a lo que es y fin de la historia.

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